Hay quien tiene la autoestima por las nubes, quien tiene el ego del tamaño de un campo de fútbol... Y luego está David Bowie.
En 1974 David Robert Jones ya estaba en la cresta de la ola y no era capaz de asumir todo lo que estaba generando como icono su personaje más famoso: el inclasificable extraterrestre Ziggy Stardust.
Para sobrellevar la presión, un esquelético David Bowie alternaba copas de leche con regulares rayas de cocaína y hablaba de si mismo como si hubiese perdido la identidad.
Entre cigarro y cigarro, en una flamante limousina cruzaba Los Angeles y hablaba de lo extraño que se sentía en el paraíso de la frivolidad mientras divagaba sobre la fama, su gusto por los atuendos con aires orientales, el inesperado éxito o de su curioso proceso de composición (consistente en recortar frases sin sentido alguno y aleatoriamente unirlas para luego musicarlas).